Europa se piensa desde Zaragoza con Margaritis Schinás
Zaragoza se convirtió el miércoles en un observatorio privilegiado para reflexionar sobre el papel de Europa en un mundo cada vez más inestable. El exvicepresidente de la Comisión Europea, Margaritis Schinás, fue el encargado de poner palabras —y perspectiva— a una pregunta que sobrevuela gobiernos, empresas y territorios: ¿tiene Europa margen para seguir siendo relevante en un contexto de crisis geopolítica permanente?
Invitado por la Fundación Basilio Paraíso, junto a Fundación Ibercaja y Club Cámara Zaragoza, Schinás ofreció una intervención en la que combinó diagnóstico global, autocrítica europea y una lectura muy concreta del momento que viven regiones como Aragón.

Desde el inicio, el exdirigente comunitario situó el debate lejos de cualquier complacencia. La guerra ha vuelto al continente, las grandes potencias compiten sin complejos y la economía global se ha convertido en un campo de batalla donde la energía, la tecnología, los datos o las cadenas de suministro son armas estratégicas. En ese escenario, sostuvo, Europa ya no puede permitirse el lujo de pensar que la geopolítica es algo externo. La disyuntiva es clara: irrelevancia o reinvención.
Su respuesta fue inequívoca. Hay esperanza, pero no una esperanza ingenua. La Unión Europea, recordó, ha demostrado en los últimos años una capacidad de resistencia que pocos anticiparon: la respuesta conjunta a la pandemia, la unidad frente a la agresión rusa a Ucrania o los primeros pasos hacia una política común de defensa y una mayor autonomía industrial y energética. Europa, vino a decir, ya no es solo un mercado; empieza a comportarse como un actor político, aunque el camino esté lejos de completarse.

El núcleo de su mensaje fue una llamada a superar una de las debilidades históricas del proyecto europeo: la tendencia a regular mucho y actuar poco. En un mundo donde otros juegan sin complejos sus cartas de poder, la ingenuidad —advirtió— no es una virtud, sino una vulnerabilidad.
Europa tiene activos formidables, desde el mercado único hasta su capacidad financiera o su peso normativo, pero sigue fallando a la hora de convertir ese potencial en influencia real por falta de unidad, rapidez y coherencia. Europa, defendió, no es un accidente histórico, sino un proyecto de largo plazo con una notable capacidad de aprendizaje.
Ese argumento encontró su traducción en Aragón, al que Schinás presentó como un ejemplo de “Europa que funciona”. Los datos de atracción de inversión, el papel logístico de la comunidad y su apuesta por la economía digital fueron utilizados para ilustrar una idea clave: competitividad y cohesión social no son opuestas, sino complementarias cuando hay estabilidad institucional, políticas favorables a la empresa y visión estratégica. Desde los territorios —insistió— se construye buena parte de la competitividad europea.

La mirada desde Aragón sirvió también para aterrizar algunos de los grandes debates comunitarios: las infraestructuras transfronterizas pendientes, la lucha contra la despoblación, la necesidad de simplificar la política agrícola, el valor geopolítico del acuerdo con Mercosur o el nuevo protagonismo de la industria de defensa. Retos complejos que, según Schinás, no se resuelven con eslóganes, sino con continuidad y decisiones sostenidas en el tiempo.
De ahí su apelación final a la estabilidad política, tanto en Europa como en España. En un contexto de polarización creciente, advirtió contra las soluciones fáciles y los atajos, recordando experiencias recientes que terminan erosionando crecimiento, empleo y bienestar. Gobernar —subrayó— no es dividir ni agitar, sino decir la verdad, construir acuerdos y pensar a largo plazo.